[COLOMBIA] Las dos realidades de Cartagena


El sueño de llegar a Cartagena

Creo que no hay nadie que no tenga una imagen idealizada de Cartagena de Indias. ¿Por qué será que cada vez que decía que me iba a Colombia me miraban con cara de horror y cuando comentaba que llegaría hasta Cartagena me decían, con una mezcla de alegría y envidia, "Ay ¡Cartagena! qué lindo..."? Cuando nos nombran esta ciudad del caribe colombiano inmediatamente nos transportamos hacia esas callecitas y balcones y sentimos los siglos de historia suspendidos entre las paredes de la gran ciudad amurallada. Yo siempre la imaginé como un lugar mágico, perfecto; Cartagena era una ciudad por la que quería caminar alguna vez en mi vida.

Mi recorrido por Colombia y por Sudamérica terminó en esta ciudad. Llegué de noche y la primera impresión que tuve, mientras iba en colectivo desde la terminal hasta el barrio de Getsemaní, estuvo muy alejada de aquellas postales y fotos que inundan las guías turísticas. Cartagena, de noche, me pareció un lugar ruidoso, sucio y hasta peligroso en ciertos sectores. Las casas que vi no eran coloniales ni tenían balcones blancos con flores; había mucha gente vagando por la calle, mendigos, borrachos, prostitución. ¿Dónde estaba la Cartagena que me había imaginado todos estos años? ¿Estaba en Cartagena o me había equivocado de ciudad? De golpe, sin aviso, apareció frente a mi ventana parte de la famosa muralla que rodea el Centro Histórico, iluminada, enorme e imponente, y por unos segundos juro que se me cortó la respiración. Sí, estaba en Cartagena, pero ese corto trayecto desde la terminal ya me había revelado que no estaba frente a una, sino frente a dos ciudades totalmente distintas. Cartagena es un lugar más complejo de lo que se publicita y me dispuse a no irme sin antes conocer sus dos caras.

El Centro Histórico: la Cartagena “comercial”

Empecemos por la turística. Cartagena de Indias, Ciudad Heróica, destino turístico y cultural del país, idílico pueblo a orillas del mar Caribe, Patrimonio Nacional de Colombia. Todos estos títulos se refieren a una zona específica de la ciudad: el Centro Histórico, también conocido como la Ciudad Amurallada.

Cartagena, fundada en 1533, fue uno de los puertos más importantes de América durante la colonización española así como el mayor centro de comercio de esclavos provenientes de África y el principal "depósito" de todas las riquezas extraídas del continente. Por estas razones, la ciudad fue asaltada varias veces por piratas y tropas inglesas, francesas y holandesas. En 1586, tras el ataque de Sir Francis Drake (marino inglés, explorador, comerciante de esclavos, "pirata" para los españoles y "corsario" para los ingleses), el rey Felipe II ordenó construir fuertes y una muralla de 11 km para aislar y proteger la ciudad. Entre los siglos XVI y XVIII tuvo lugar una intensa fortificación defensiva de la ciudad: Cartagena se convirtió en la plaza mejor fortificada de América. La construcción más importante fue el Castillo de San Felipe de Barajas, un enorme fuerte conformado por túneles, galerías y trampas que permitió a los españoles defenderse de los ataques extranjeros. Finalmente, en 1811, Cartagena declaró su independencia. En 1815, militares españoles intentaron reconquistarla pero Cartagena resistió y se ganó el título de Ciudad Heróica.

Hoy, la Ciudad Amurallada es una de las mayores atracciones turísticas de Cartagena y de Colombia. No voy a negar que es impresionante, uno cruza por entre los arcos de la Torre del Reloj (una de las entradas de la muralla) y se transporta a otro siglo. Calles de piedra, veredas angostas, casas pintadas de colores pasteles, balcones que sobresalen, hombres y mujeres paseando en carrozas tiradas por caballos, restaurantes de lujo, hoteles de primer nivel, placitas impecables. Dentro del perímetro de la muralla el tiempo quedó detenido, los siglos nunca avanzaron y es difícil no caer en el encanto. Yo caí, y todos los días que pasé en Cartagena me hice aunque sea una escapadita a este sector. Me pasé días enteros caminando por las callecitas, me perdí a propósito, me senté en la vereda, miré a la gente pasar, descubrí construcciones totalmente refaccionadas y casas con la pintura descascarada, encontré restaurantes con precios desorbitados y puestos callejeros con comida barata. Pasé por una librería y me compré un libro que hace mucho tiempo quería leer: Cien años de soledad. Un cliché, sí, pero no podía estar en Colombia y no comprarlo. Para coronar, me senté en un hueco de la muralla, frente a la costa del mar Caribe y me quedé leyendo y mirando el atardecer. Una tarde perfecta. Y como si fuera poco, volví hacia la torre del reloj y me topé con un espectáculo callejero de danza afro-colombiana. No podía pedir más.

Getsemaní: la Cartagena “real”

Pero a la Cartagena auténtica no la vi detrás de las fachadas de colores ni dentro de las carrozas, no la encontré entre las pulcras calles de piedra ni a la sombra de esos árboles tan bien cuidados. La verdadera ciudad se me fue presentando fuera de las murallas. La noche que llegué a Getsemaní —barrio cercano al Centro, hogar de artesanos, trabajadores y, en su momento, esclavos— me pareció, como dije, un barrio sucio, de gente marginal, alcohol, drogas y prostitución. Pero de día todo se ve distinto y a la mañana siguiente cuando salí a caminar le descubrí el gusto.
Cuando visité Colombia todavía no había estado en Centroamérica, pero sentí que ese sector de Cartagena se parecía mucho más a una ciudad centroamericana que a una sudamericana. Getsemaní me pareció un barrio auténticamente caribeño. La gente se sienta a comer en las veredas, los vendedores de frutas y verduras ocupan cuadras y cuadras y hacen difícil la circulación por esas calles tan angostas, los vendedores de café caminan con sus termos y vasitos de plástico y entran cada media hora a los hostales a ofrecer un "tinto" (así se le llama en Colombia al café puro), las mujeres dejan las puertas de sus casas abiertas y charlan con las vecinas, los chicos corren por el medio de la calle dificultando el paso de los autos y las motos, mujeres afrocolombianas desfilan con sus vestidos de colores y su canasto en la cabeza.

La magia de esta ciudad

El calor aplasta y el sol calcina, pero la gente siempre está en la calle, ya sea sentada en el piso o en una sillita, y todos hablan, todos gritan, todos saludan. Getsemaní es un barrio al que no le importa quedar bien con nadie, se muestra como es, con su encanto y su decadencia. Es, en mi opinión, un centro histórico venido abajo, un lugar que no ha recibido la restauración de la Ciudad Amurallada y que sin embargo tiene su sabor.
Si el Centro Histórico es un hombre vestido de traje paseando en carroza, Getsemaní es un borracho sentado en la esquina, sosteniendo una botella y escupiendo al suelo. Por supuesto Cartagena no se reduce a estos dos sectores, pero creo que ambos son muy representativos de las diferencias que subyacen en esta ciudad. Por eso creo que Cartagena puede ser conocida de muchas maneras.

El Centro Histórico es un valiosísimo vestigio de la época colonial americana, es un lugar que nos transporta y nos enriquece cultural e históricamente, es, como dije antes, mágico. Pero todo lo que se encuentra fuera de las murallas es una cachetada de realidad, es una muestra de la verdadera cultura del caribe, con todo lo positivo y lo negativo. Es lindo disfrutar del espectáculo, pero me parece aún mejor ser capaz de ver lo que pasa detrás de escena.


Texto e imágenes: Aniko Villalba © 2008